diumenge, 26 de juny de 2011

Luna, la historia conmovedora de una orca solitaria

A veces, hay historias conmovedoras que tocan nuestra sensibilidad más profunda y antigua, porque nos conectan con la naturaleza de una forma que la mayoría de las comunidades han olvidado. Gold River es una pequeña población en la costa de la isla de Vancouver que es conocida por una de estas historias con nombre propio: Luna.

Luna es el nombre de una orca que apareció en verano de 2001 en el fiordo de Nootka Sound, en la costa oeste de la isla de Vancouver. Aparentemente, se había separado de su grupo y era demasiado joven (unos dos años) para aventurarse de nuevo en mar abierto, pues las orcas son mamíferos sociales que viajan en grupo y sin él no sabría sobrevivir. Luna, al encontrarse solo (y digo “solo” porque, a pesar del nombre, se trataba de un macho), empezó a acercarse a las barcas y canoas en busca de compañía, por lo que enseguida despertó las simpatías de muchos habitantes – y la antipatía de otros, principalmente pescadores que veían en la juguetona orca un peligro para su pesca.

Esta necesidad de contacto, sin embargo, pronto entró en conflicto con las leyes canadienses, que prohíben el contacto con mamíferos marinos salvajes. Pero esta ley, en principio pensada para no molestar a los animales, no tenía el mismo sentido en el caso de Luna, un animal que se sentía solo y que buscaba insistentemente la compañía de la gente.

En 2004, el Departamento de Pesca y Océanos del gobierno de Canadá puso en marcha un plan para trasladarla con su grupo, pero todos los intentos de llevarla a mar abierto fracasaron. Parecía claro que Luna quería quedarse en Nootka Sound, con la gente que la quería. “Quiere estar con nosotros, ¿es que no lo ven?”. Finalmente, Luna se quedó gracias a la presión de los habitantes de Gold River y de los nativos Mowachaht/Muchalaht, quienes creían que la orca era el alma de su último jefe, que había muerto poco antes de la aparición de Luna, a la que llamaron por su nombre: Tsuux-iit.

Desgraciadamente, Luna murió en 2006 al quedar herida por las hélices de un barco remolcador. Aparentemente, se acercó para jugar con la embarcación sin saber que las hélices de un remolcador son más potentes que las de las embarcaciones lúdicas con las que acostumbraba a jugar.

La historia de Luna conmovió a gente de todas las edades. Los periodistas Michael Parfit y Suzanne Chisholm llegaron a Gold River en 2004 para realizar un reportaje de tres meses, y acabaron quedándose durante tres años. El resultado, un emotivo documental titulado Saving Luna (Salvad a Luna) que ganó numerosos premios. Su historia, la de otros muchos reporteros que se encuentran con grandes historias: se habían enamorado del sujeto de su reportaje.

“Habíamos forjado ese vínculo que tan a la ligera llamamos amistad, que crece como la bruma pero es resistente como el acero”, dijo Michael. “Y aprendimos algo: que no hace falta que una vida sea humana para que sea fantástica. Millones de años habían hecho a Luna diferente a nosotros, pero había cruzado esa barrera por aquello que compartíamos: también había conservado la necesidad de compañía a lo largo del tiempo, porque es algo necesario, no opcional. Luna nos había mostrado que aquello que llamamos amistad era más grande de lo que pensábamos.”

Imágenes del documental Saving Luna, de Michael Parfit y Suzanne Chisholm.